Hoy han comenzado de nuevo las clases.  Y eso que un servidor tiene exámenes hasta marzo.  Tres nuevas asignaturas, y de postre estudiar para lo que queda (casi todo, vamos).  Hoy ha sido un día para desterrar de las crónicas, una jornada infame, un lunes hiperbólico y abusón.

Me levanto pronto: sí, pronto de verdad.  No a media mañana, no a eso de las diez, cafelito y a clase.  Pronto, para estar en la Universidad a las 9.00h.  Me falta arreglar un par de papeles con mi coordinadora erasmus y no hay que dejar las cosas para el último momento (junio), así que aprovecharé antes de las clases.

9.10h: Llego al Departamento Historia de la Antigüedad, en Zamboni 38, en la sede central de la Facultad.  Me reciben un par de becarios.  Con sonidos guturales y gestos que pasarían por italiano (dialecto cromañón norte) les pido ver a mi coordinadora.  Me miran, me preguntan dos veces el nombre de la coordinadora, se miran, dicen que sí está y buscan la lista para apuntarme.  Es necesario, al parecer, firmar en una lista antes de hablar con mi tutora a pesar de que no hay nadie esperando.  Una administrativa, que estaba ojo al parche, se hace cargo del asunto.  La burocracia al rescate: se siente, hoy no es el día en el que recibe la profesora.  Tengo que volver mañana de 10 a 11h.  Por supuesto, tengo clase a esa hora, pero me dice que a lo mejor puedo verla si me doy prisa en venir cuando acabe.  Nota al margen: el horario de tutorías de los profesores en esta universidad es de dos horas semanales, ni más ni menos, oficialmente al menos.

9.30h: Pasamos al plan B.  Tengo que solucionar otro tema en la Oficina Erasmus de la Facultad.  Está en Zamboni 36, así que no problemo brother.  Salgo, cruzo dos portales, entro, sello y firma, y listo.  O casi.  Llego y hay doce personas delante mío.  Están bien organizados: hay una maquinita para cojer tickets, cual pescatería o verdulería.  Espero diez minutos y siguen despachando a la misma persona con la que entré.  Sólo hay una funcionaria y la gente intercambia miradas de aburrimiento y sueño.  Bien, calculo que corriendo me da tiempo ir a ver a otro profesor con el que tengo que hablar urgentemente.  Salgo para el complejo de San Giovani in Monte, donde la universidad aloja a tres departamentos de historia y varias aulas.  Está a un kilómetro de la facultad.  Haré esa distancia cuatro veces a lo largo del día.

10.00h: Entro al complejo de San Giovanni in Monte, muy bonito por cierto, me acerco a la conserjería, y pregunto con mis educados gruñidos por el despacho del profesor que me hizo la prueba escrita.  No sé que horas de tutoría tiene porque no está colgado en internet.  Me informan que está en la segunda planta del edificio…  ¿segunda planta?  ¿Tiene segunda planta?  A este edificio vengo poco, solo a algunas clases, y nunca me ha intrigado saber cuantas plantas tiene.  Más aún cuando la última asignatura que daba aquí era en el sótano/bodega.  Debió ser un antiguo y rico monasterio a juzgar por el tamaño y la estructura que tiene.  Lo han reconvertido en parte de la Universidad y la verdad es que les ha quedado bastante bien.

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En fin, subo, me equivoco de escalera dos veces, acabo en un claustro equivocado, me cuelo en el Departamento de Arqueología, salgo, me pierdo en el Departamento de Paleografía e Historia Medieval, regateo a un profesor octogenario (al menos, yo le hechaba noventa y muchos), y escapo hacia lugares más modernos.  Llego a la segunda planta por fin.  Decidamente, el sitio es un paraíso para eruditos y ratas de biblioteca: un gran claustro de sesenta metros de lado con las paredes forradas por estanterías de buena madera, con cristaleras para proteger los libros.  Unas escaleras metálicas de caracol permiten acceder a un voladizo con igual número de estanterías y libros.  En medio del pasillo, bastantes mesas y sillas, y libros y estudiantes ocupándolas respectivamente.  A lo largo de la pared están los por mi buscados despachos del profesorado.   Es lo más parecido que he visto a un scriptorium medieval en mi vida. Dejándome de fantasía borgianas, me dedico a lo mío o no llegaré a mi turno en la Oficina Erasmus de la Facultad.  Obviamente, me vuelvo a perder y ya van tres veces.  He acabado en un pasillo oscuro y estrecho, lleno en sus tres cuartas partes por más estanterias de libros. Me sorprende por la espalda un profesor que al principio me da un poco de miedo, pero que luego resulta ser simpático.  Afirma, que ese pasillo es la guarida de los profesores de historia económica, y que si quiero pasar, tres preguntas debré responder.  Cómo no estoy por la labor, le pido nuevas referencias, me hace repetir dos veces el nombre del profesor buscado, pregunta a un par catedráticos que pasaban por allí y a un becario encorvado sobre un escritorio y al final me sabe dar razón: este pasillo no, el de la derecha en el último cruce.  Llegando estoy ya: lástima que el profesor no estuviera a esas horas, ni hubiera indicación alguna del horario de atención.  Lo dejo por perdido, ya volveré.

10.30h: Al salir, en el patio inferior, me encuentro a una compañera española que también estudia Historia.  Es medievalista la pobre, lo cual provoca ciertas bromas “profesionales” sobre las que no profundizaré.  Si crees que un chiste de ingenieros no tiene gracia, prueba con uno de historiadores.  Descubrimos que no tenemos ninguna asignatura en común en lo que queda de curso.  Tampoco hemos tenido ninguna en lo que llevamos de curso.  A veces dudo que estudiemos lo mismo.  Salgo de San Giovanni in Monte pensando que aún no tengo bici, y que puedo ir ólvidandome del tema dado lo avanzado del curso, pero que me ahorraría disgustos.  Disgustos como hacer otra vez el kilómetro de vuelta a la Facultad.

10.45h: Otra vez en Zamboni, nuestra calle amiga.   Llego a la Oficina Erasmus: lamentablemente, mi número acaba justo de pasar, cosa de un minuto más o menos a lo que deduzco.  En fin, otra gestión para mañana.  Miro mi elegante y señorial agenda QuoVadis (estilo que tiene uno) y descubro/recuerdo que la primera clase, Letteratura Italiana, que empieza en quince minutos, es en el aulario de la calle Centotrecento.  Oh sí, todavía no han empezado las clases…

Continua