Los últimos días en su país para un futuro estudiante erasmus son un conglomerado inestable de prisas, despedidas, consejos, repasos obsesivos del equipaje, más prisas, llamadas, risas y llantos, dudas, deseos, olvidos…  Si a eso le sumamos el caso de que el futuro estudiante es más bien despistado, cansino y hogareño, tenemos lo necesario para que el futuro no sea exactamente un camino de rosas, a menos que usemos la imágen para referirnos a la parte espinosa de la planta en cuestión.

 

Acercándonos ya en lo concreto, el propósito de este blog es sumar un ejemplar más a un género bien conocido, por no decir manido: el blog erasmus.  Mitad diario secreto, mitad cuaderno de navegante, este tipo de blogs se caracterizan por relatar venturas y desventuras de un/una estudiante española, o de cualquier país de Europa, desarraigado de su hogar y lanzado a un ambiente extraño, cosmopolita y (presuntamente) fiestero.

 

Veremos como acaba este elogio de la locura, pero si sabemos como empieza.  Con un estudiante de cierta universidad española preguntándose una y otra vez si era realmente necesario seguir esa moda extravagante de irse nueve meses a otro país europeo.  En mi caso el destino es Italia, no demasiado exótico para un espíritu no pusilánime, pero sí temeroso de la novedad.  La lugar elegido, Bolonia, es sinónimo de ciudad universitaria, dedicada casi exclusivamente a dar cabida a una universidad centenaria y a todo el personal humano que esto conlleva.  Una Salamanca italiana, en resumidas cuentas.

 

Con todo, la pregunta sigue allí: ¿era realmente necesario cambiar tantas cosas?  ¿Merece la pena la llamada experiencia Erasmus?  Juzgue el lector de lo que sigue, que los prólogos demasiado largos son de un insuperable mal gusto.

 

13 de septiembre de 2008